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Los inmigrantes de la Costa Chica comparten una herencia y cultura étnicas de la que pocos saben.
Por John L. Mitchell, periodista de Los Angeles Times
Abril 13, 2008
Cada domingo en un deteriorado campo de futbol en Pasadena, inmigrantes mexicanos juegan un partido que ellos aprendieron descalzos en los pueblos polvosos de una región remota de la costa del Pacífico.
El equipo de la Costa Chica –denominado así por la pintoresca costa al sur de Acapulco –ha zanjado un camino ganador a través del corazón de una liga dominantemente inmigrante en Pasadena, que ha obtenido 3 campeonatos en 2 años.
Sus jugadores son ágiles y veloces. Ellos han ganado el respeto y la admiración de los oponentes quienes al principio no sabían de donde provenían sus talentosos adversarios.
“¿De veras eres mexicano? En ocasiones les preguntaban.
Su piel es obscura, parecen Hondureños, Dominicanos o incluso Afro-Americanos.
¿Afro-Mexicanos?
“No existe!”
Pero los Costa Chiquenses – muchos de complexión morena con cabello puchunco (rizado o ensortijado) son mexicanos con historias culturales y raciales que datan a cientos de años hasta los conquistadores españoles y el trato de esclavos Africanos.
Como parte de la ola masiva de inmigrantes mexicanos que emprendieron la huida de las adversidades económicas de su tierra en los 1980s, los afro-mexicanos de la costa se han asentado en comunidades a través de los EUA en Winston Salem NC, Joliet III, y Salt Lake City entre otros lugares.
Unos 30 Costa-Chiquenses viven en Pasadena y unos miles mas se encuentran en San Bernardino al sur de LA, San Juan Capistrano y Santa Ana, todos caracterizados por ser familia cercana y comunidades unidas.
Las historias de sus viajes incluyen estrategias familiares: las familias inmigrantes –algunos están aquí legalmente otros no- pujantes para ajustarse a un nuevo país, establecen su subsistencia y evitan los riesgos de la vida urbana. Y para los Costachiquenses, la única identidad cultural y racial añade otra capa de complejidad conforme tratan de hacer su camino en una nueva tierra.
Como todos los inmigrantes, este grupo vino aquí escudriñando una mejor vida que la que se les ofrecía en los pueblos de las costas de Guerrero y Oaxaca donde nació la mayoría. Muchos pareciera que han encontrado lo que venían buscando – pero algunos…
De acuerdo a las anécdotas, Roberta Acevedo, 42, fue de las primeras Costachiquenses que emigró a Pasadena. Cuando ella y su esposo, Francisco llegaron hace casi 2 décadas, ella dijo que se sentía segura en esta Cd, al pie de las montañas que le recuerdan su pueblo, José María Morelos en Oaxaca.
Pero en esas épocas, Pasadena no ofrecía mas que le fuera familiar. Las tiendas no tenían las especies necesarias para hacer barbacoa de res o las recetas de pescado de su costa nativa. Ella extrañaba los festivales en la que los jóvenes bailan la “Danza de los Diablos, una danza tradicional en la que los participantes usan máscaras con barbas largas y cuernos.
Los Costachiquenses están impregnados en la cultura Afro-mexicana, que es evidente en la danza, la comida y la música –ellos escuchan cumbia, no mariachi. Acevedo extrañaba esa cultura y el sentido de familiaridad que es común de los pueblos de la costa donde las familias son grandes y todos se conocen.
Tempranamente la casa de los Acevedo era el magneto para la migración y su esposo recibía frecuentemente llamadas a media noche. Ocho o diez familiares y amigos habían cruzado la frontera y estaban esperando que los recogieran, algunas veces desde Phoenix.
Eventualmente Acevedo, quien tiene 7 hermanos y hermanas viviendo cerca, se hizo de su propia tienda de regalos, piñatas y otros servicios; como renta de mesas y sillas y grabación de eventos.
Su hermana Yolanda, quien fue previamente policía en la Ciudad de México, es costurera que hace: vestidos de gala, de primera comunión y de quince años que pueden costar hasta $500 dls. Uno de sus hermanos es el filmador en el negocio.
“Mi sueño fue que todos tuviéramos oportunidad” dijo Roberta Acevedo. “Ahora siento que mi sueño se ha hecho realidad”.
A pesar de la herencia racial compartida, los Afro-mexicanos en el Sur de California tienen poca interacción con los Afro-americanos, la relación es obstaculizada por diferencias culturales, de lenguaje y religiosas. Y los nexos con otros Latinos son algunas veces obstaculizados por preferencias raciales o regionales.
“Tengo amigos afro-americanos que dicen, “ustedes no son mexicanos. Yo vi a tu papa y el es Afro-americano. dijo Soledad Silver, 16, estudiante de la preparatoria John Muir en Pasadena. “Yo le dije, Si el es afro -pero también Mexicano”.
En Santa Ana, Yismar Toribio solo sabe del lugar de nacimiento de sus padres por la historias que el ha escuchado a través de los años. San Nicolás y Montecillos son bellos pueblos llenos de tradición sitios donde no te distingues si eres negro y Mexicano, diferente a Santa Ana donde Yismar va a la escuela en un condado que es 94% Latino y menos del 1% Afro-americano.
Las cosas estarían mejor si esta escuela tuvieran más afro descendientes, dijo el estudiante de 15 años de preparatoria con el color de la piel del chocolate oscuro.
En la escuela, el ha sido hostigado ocasionalmente por las bromas e insultos raciales. A el no le importan los insultos de los amigos. El puede pagar con la misma moneda.
Son los insultos de los extraños los que lastiman.
“Yo estoy en el equipo de atletismo y si voy a entrenar con una camisa negra, ellos dicen ‘¿cómo te atreves a venir sin camisa?’ ”
Yismar lo sobrelleva, pero él no lo ha olvidado. Uno de tales recuentos es: Un día un maestro lo puso en frente de la clase y alguien grito “No el pertenece a la parte de atrás. Pónganlo atrás del autobús”.
El padre de Yismar quiere que se mantenga enfocado y está complacido con el que su hijo haya eclipsado sus propios logros en la escuela.
Sus éxitos justifican los años de sacrificio. Yismar quiere ir a la universidad, el quiere ser abogado.
Para muchos Costachiquenses en el sur de California existen razones para sentirse orgullosos.
La inmigración les ha traído negocios exitosos, el poseer una casa, la continuidad de la comunidad y la oportunidad de mejorar el nivel de prosperidad en sus familias de origen. El cambio también ha expuesto a las familias como los Acevedo a las miserias –y ocasionalmente a los milagros de la vida urbana.
Temprano en la mañana del Domingo 27 de agosto del 2006, justo horas antes del partido de football Fortino “Chino” Acevedo estaba visitando unos amigos para terminar la parranda.
Fortino el hermano menor de Roberta y Yolanda, llegó a los Estados Unidos en 2003 de la casa de su papá en las afueras de la Cd. de México, lo mandaron a Pasadena para escapar del señuelo de las drogas y la violencia y tomó un trabajo de mesero en el country club La Cañada Flinttridge.
Cuando Fortino estaba sentado temprano esa mañana con sus amigos, vio que 3 hombres estaban rodeando a otro cerca del Blvd. Orange Grove y la Av. Lake. Se veía como un robo. A él ya lo habían robado una vez y quería poner fin a eso.
El veinteañero de sonrisa conquistadora anunció a la multitud. “Si tienes un problema con el, lo tienes conmigo, dijo Max Dahlstein, del Depto. de Policia de Pasadena. Hubo una pelea, uno de los hombres sacó una pistola y le disparó a Fortino en la cara.
“El estaba tratando de evitar que alguien fuera lastimado y el terminó siendo el lesionado”, dijo Dahlstein.
Fortino fue llevado rápidamente al Hospital Huntinton, donde su familia permaneció al pie de su cama. Después de algunas horas lo declararon muerto.
Los doctores alentaron a la familia Acevedo a considerar la donación de órganos, el patriarca de la familia en México, dió su consentimiento.
Al momento del tiroteo, Angel Zorrosa, un familiar lejano de 26 años del mismo pueblo que los Acevedo, estaba en proceso de diálisis de riñón y lo acababan de poner en lista para recibir un transplante. Algunas horas después de que falleciera Fortino Zorrosa recibió una llamada. Como miembro de la familia tenía prioridad para recibir un riñón.
“Me acababan de aprobar esa semana para el transplante” dijo Zorrosa.
En octubre del año pasado, Zorrosa testificó el nacimiento de su primer hijo, un niño llamado Ángel Luís. El pesó 5 lb, 4 onzas.
El nacimiento fue un mensaje, dijo Roberta Acevedo. “Yo trato de encontrar algo del Chino en este niño”.
“Negro, Chimeco y Feo” –negro, mugroso y feo—es el título de una canción popular de la Costa Chica. La lírica describe la vida de un hombre que nación en una choza en la costa de México con la ayuda de una partera.
El creció cuidando cerdos y pescando camarones con una red vieja, debido a que es pobre, hace su camino por el mundo casi sin ropa.
Pero la lírica continúa explicando que su alma es pura, no como la de “los que nacen en pañales limpios”, esos de piel clara.
Es una canción que le recuerda a Neri Cisneros, quien vive en Santa Ana de su niñez.
“Yo fui ese niñito”, dice. “Yo comía frijoles y no tenía zapatos.
Algunas veces nosotros jugábamos en las calles sin calzones. Cuando escucho esa canción, me pone triste porque yo solía vivir esa vida”.
Cisneros como muchos Costachiquenses en el Sur de California, es nostálgico de su niñez y extraña su tierra de nacimiento. Pero el es papá de tres hijas quienes nunca han estado en México. El pretende criarlas aquí. El no regresará pronto a la Costa Chica.
En el día que Fortino fue asesinado, los Costachiquenses tenían un campeonato de football. Jugaron el partido y lo ganaron.
Era importante mantener al equipo enfocado en el juego, dijo Martín Ibarra Alemán, el entrenador del equipo. Las calles son mucha distracción.
“Si te la pasas en la calle, estas buscando problemas”, dice Alemán. “Los muchachos que juegan football están ocupados con el juego. Por dos horas ellos están jugando y es todo lo que les interesa”.
Pero cuando el juego termina, ellos regresan a sus vidas moldeadas por la inmigración. El trabajo estable no siempre es fácil de encontrar. Muchos no tienen licencia para manejar y enfrentan multas elevadas si los agarran en el camino manejando. Ellos se preocupan por la seguridad y el futuro de sus hijos, la mayoría de los cuales nacieron aquí.
En la iglesia del Sagrado Corazón en Altadena, el Padre Glyn Jemmott, un sacerdote de la iglesa Católica Romana de Trinidad y Tobago quien tiene una parroquia de una docena de pueblos Costachiquenses desde 1984, dijo misa un domingo reciente a una congregación de unos 500.
Mas tarde el desafió al grupo para aplicar sus habilidades en organizar un equipo de football para fortalecer su comunidad. El cambio está en sus manos, les dijo.
“Si tienes agua y quieres llevar el agua a las raices de la planta, tu tienes que llevarla hasta alli”, les dijo.